¡Bienvenidos a la tienda online de Pangea Cerámicas!

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Sobre nosotros

Hola, soy Dani Mazzei, la fundadora de Pangea Cerámicas. Nací en Buenos Aires, el 18 de septiembre de 1985 y estudié Publicidad en la Universidad del Salvador. Trabajé 5 años en una agencia de marketing digital, pero sentía que algo me faltaba, que esa no era mi verdadera vocación, que mi sed de creatividad no podía expresarse de la manera que yo quería.

Es así como un día decidí patear el tablero, lanzarme al vacío y permitirme explorar nuevos rumbos para sentirme más feliz, más realizada y fue así como lentamente fui reconectando con mis orígenes. Volviendo el tiempo atrás recordé cuánto me gustaba hacer cerámica en el colegio. Se fomentaba mucho el arte, la música y el deporte, pero evidentemente mi profesor de Arte Juan había dejado una huella en mí que resurgiría muchos años después.

Comencé a explorar y hacer pruebas y cuando sentí que este era el nuevo camino que quería emprender, me anoté para estudiar la Tecnicatura en Cerámica en el Instituto de Ceramología Condorhuasi. Allí me formé en composición de pastas y esmaltes, métodos manuales, hornos, entre otras cosas. Aún me quedan algunas cositas por aprender ya que la llegada de mi hija Emilia me obligó a hacer un paréntesis en el estudio, pero pronto retomaré.

En 2015 nació Pangea, inicialmente como venta de productos, trabajando literalmente en un garage, todo muy a pulmón, primero alquilando horno hasta que pude juntar un poco de plata para comprarme uno propio y todo a pasitos de hormiga, con mucho esfuerzo y dedicación. Hasta que un día decidí abrir un local a la calle, confiando en que este emprendimiento tenía potencial y podía crecer mucho más; era momento de jugármela, dar el salto y arriesgarme.

Al tiempo de haber abierto, empezó a surgir la demanda de tomar clases por parte de la gente que venía al taller. Era algo que venía ya resonando en mi cabeza y el interés reiterado que me expresaban me terminó de convencer. Asique me animé y abrí las puertas del taller al público y la respuesta fue muy buena. Tanto que las clases coparon prácticamente todo el tiempo y el espacio y llenaron de vida el taller.

Hoy miro para atrás y me emociona pensar cuántos alumnos pasaron por el taller y cuántos más vendrán, y creo que este es el verdadero propósito de mi vida, dejar una pequeña huella en mis alumnos, así como lo hizo mi profesor Juan en mí.